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Thriller vacacional

13 agosto 2026 a las 12:48

El plan era sencillo: viajar de Veracruz a Acapulco, acompañar a mi hija a una competencia y aprovechar el viaje para convertir un paquete de todo incluido en unas vacaciones familiares.

Íbamos mi hija, mi mamá, mi novia y yo.

Yo llevaba años sin tomarme unas vacaciones así y la salud de mi mamá va dando indicios de que próximamente ya no nos podrá acompañar en esos trotes. Así que la decisión de hacer el viaje no era precisamente trivial. A eso se sumaba que la competencia era en parejas: si mi hija no llegaba, la otra niña tampoco podía participar.

En retrospectiva, eso explica buena parte de las decisiones financieras cuestionables que tomamos ese día.

Pero vamos por partes.

Todo iba perfectamente...

Llegamos con bastante anticipación al aeropuerto. Había hecho el check-in en línea la noche anterior, documentamos la maleta adicional y nos dispusimos a entrar a la sala de espera.

Entonces vi a una familia que entraba antes que nosotros. Llevaban unas hojas para identificar a sus hijos menores.

Sentí un sudor frío recorriéndome la espalda.

—¡Las identificaciones de menores!

Ese pequeño detalle se me había olvidado.

Afortunadamente, siempre llevo nuestros documentos de identidad digitalizados en el celular, así que mostré la CURP de mi hija y pasamos sin comentarios.

Primer susto: superado.

Llegamos al punto de inspección de seguridad y descubrimos el siguiente problema: mi hija había olvidado sacar de su mochila un bote con líquido para enjuagarse la nariz debido a sus alergias.

El líquido se prepara por litro, así que va en un bote de agua normal. Un detalle que, evidentemente, no combina muy bien con los filtros de seguridad de un aeropuerto.

Se lo quitaron y se quedó en la barra.

Pasamos.

Yo regresé por el bote, salí de la zona de seguridad, vacié el líquido, recuperé el bote y volví a pasar. Problema resuelto.

Hasta ese momento, el universo todavía nos estaba dando oportunidades.

Sí es, pero no es

Nuestro vuelo era Veracruz-México-Acapulco.

Unos minutos antes de iniciar el abordaje, escuchamos el recordatorio habitual sobre tener listas las identificaciones y los documentos necesarios para los menores. También dijeron que, en caso de no contar con alguno, había que acercarse al personal.

Me acerqué.

No sabía que acababa de activar el modo difícil del viaje.

Aunque llevaba digitalizada el acta de nacimiento de mi hija, había un problema: era un escaneo del acta que nos habían entregado en el Registro Civil. No era la versión que se descarga desde gob.mx.

Según me explicaron, podía descargarla en ese momento. Perfecto. Solo tenía que hacerlo rápido porque el abordaje estaba comenzando.

Inicié el trámite, llegué al captcha, lo resolví, apareció el glorioso mensaje de "correcto".

Y el botón para continuar al pago no se activó...

Esperé...

Nada.

Volví a hacer el procedimiento...

Nada.

Lo intenté en tres navegadores diferentes desde mi celular...

Nada.

Mientras tanto, el abordaje avanzaba. Hasta que finalmente escuchamos:

— Señor, el abordaje se cierra. Pueden subir dos adultos y quedarse uno con el menor, o quedarse todos.

Ahí empezó oficialmente la pesadilla.

Le mostré al encargado los intentos de descargar el acta, el botón que no se activaba, el acta escaneada y la CURP.

Mi hija ya estaba llorando. Estaba asustada.

Mi novia, por su parte, se puso al tiro con el encargado por lo que consideraba una intransigencia absurda.

Llamaron a seguridad.

Y nosotros, después de todo aquello, terminamos esperando que sacaran nuestro equipaje del avión para poder salir de la sala de espera y buscar una alternativa.

Plan B: perseguir al avión por carretera

Después de varias consultas y análisis (de esos análisis que uno hace cuando está desesperado y cualquier idea empieza a parecer razonable) llegamos a una conclusión bastante sencilla:

Rentábamos un automóvil y tratábamos de alcanzar al avión en Ciudad de México.

La escala era de varias horas. El vuelo a Acapulco salía a las 16:55 y en ese momento eran aproximadamente las 10:30.

Había tiempo. En teoría.

El problema del acta seguía sin resolverse, así que llamé a la mamá de mi hija, que iba en autobús hacia Ciudad de México para tomar el mismo vuelo a Acapulco. Le pregunté si tenía el acta original o el pasaporte en su casa y si había alguna manera de que alguien nos lo hiciera llegar.

No.

Así que teníamos dos misiones simultáneas: resolver el problema del vuelo y conseguir el maldito documento.

Yo tenía que tramitar la continuidad del vuelo con el call center de la aerolínea. Eso tardó un chingo y, en paralelo, seguía intentando descargar la méndiga acta.

Finalmente terminé de confirmar la continuidad del vuelo. Eran aproximadamente las 11:15.

Mi novia ya estaba haciendo el trámite para rentar el automóvil.

Me pasó su celular (un iPhone ¬¬)

—A ver si en este sí.

Segundo intento: Funcionó.

Por fin pudimos descargar el acta.

En ese momento sentí que acabábamos de ganar la primera batalla de una guerra que nadie nos había avisado que íbamos a librar.

Nota técnica: siempre, siempre, lleva instalado en tu teléfono el navegador Google Chrome, no porque sea mejor que el resto, sino porque, igual que ocurría con el SAT durante los primeros diez años de este siglo, que no permitía declarar impuestos si no era mediante Internet Explorer, pasa con los servicios digitales actuales del Gobierno de México: incumplen estándares e incluyen funciones que sólo operan con Google Chrome. Yo, ahora, lo traigo únicamente para trámites gubernamentales, para todo lo demás, uso WebLibre.

La camioneta del destino

Salimos aproximadamente a las 11:30.

Nos entregaron una camioneta SUV cuyo modelo ahora mismo no recuerdo. Creo que era la más pequeña de Mitsubishi.

Era muy lenta. Pero no lenta en el sentido normal de "esta camioneta no corre mucho", no. Era lenta como si su motor tuviera que tramitar permiso ante algún burócrata para acelerar.

La carrocería parecía demasiado grande para el motor y, para rematar, la camioneta traía varios golpes.

Durante la revisión, fui señalándolos y uno de los empleados iba registrándolos. Yo, por si las dudas, tomé fotos y video de todo. Porque una cosa es perder un vuelo y otra muy distinta es perder un vuelo y después pagar una abolladura que ya estaba ahí.

Waze se convierte en nuestro couch

A pesar de la lentitud de la camioneta, Waze comenzó a darnos esperanzas.

Más o menos en cada caseta ajustaba la hora estimada de llegada unos minutos hacia abajo.

Al principio decía que no llegábamos. Después decía que quizá. Luego que, si corríamos mucho, muchísimo, tal vez.

Y cada cierto tiempo volvía a bajar la hora de llegada. Era como traer un couch en pantalla:

Sí pueden.
Van bien.
Un poquito más rápido.
Confíen en ustedes.

No nos decía eso literalmente, pero nadie que no fuera conduciendo apartaba la vista del cálculo de hora de llegada.

Hasta Puebla teníamos oportunidad de llegar, correr hasta la Terminal 2 y abordar.

El primer tramo, hasta Orizaba, lo condujo mi novia.

Yo aproveché para volver a hacer el check-in siguiendo las indicaciones del call center. Y ahí apareció otro problema. No me habían respetado el pago que había hecho para documentar el equipaje. Como íbamos en carretera, no podía llamar porque la señal se cortaba. Así que, para no perder tiempo al llegar, pagué nuevamente la documentación de la maleta grande.

Sí. Otra vez.

Puebla, allá vamos

Ya conmigo al volante desde Orizaba, pasamos Puebla más rápido que nunca en mi historia de viajes a Ciudad de México.

Y justo cuando parecía que el universo estaba empezando a apiadarse de nosotros, Waze avisó:

Retención por accidente.

Perdimos cinco minutos.

Bueno, todavía se podía.

Quince minutos después:

Retención por obras.

Ahí sí VV (Valió Vecna) todo. Perdimos otros 25 minutos. Eso fue casi entrando a Ciudad de México.

Salimos de la retención y Waze nos dijo que llegaríamos a la Terminal 2 a las 16:40.

El vuelo salía a las 16:55. Era poco probable... Pero todavía había esperanza.

Y, a esas alturas, la esperanza era lo único que no nos habían cobrado.

La media hermana de mi hija, nos iba escribiendo. Le pedimos que avisara al personal de abordaje sobre nuestra situación.

Lo hizo.

Le dijeron que teníamos que apurarnos.

Y entonces, ocurrió algo inesperado: el abordaje estaba retrasado.

Esperanza.

Ciudad de México, la ciudad donde nunca quise manejar

Cruzamos de la entrada de Ciudad de México hasta el aeropuerto en unos 30 minutos. Yo jamás había manejado en Ciudad de México. De hecho, me había propuesto nunca hacerlo.

Uno propone y Dios dispone. Y, en este caso, Dios además parecía tener cierto sentido del humor.

Mientras avanzábamos, preparábamos la estrategia de llegada: Había que entregar la camioneta, documentar el equipaje y pasar los filtros de seguridad. No había tiempo para hacerlo todo juntos.

Así que acordamos que mi novia se quedaría a entregar la camioneta mientras mi hija, mi mamá y yo corríamos a intentar alcanzar el abordaje.

Nos bajamos de la camioneta a las 16:55.

Justo la hora de salida.

Pero teníamos un mensaje de la media hermana de mi hija: aunque habían salido de la sala de espera, todavía no abordaban.

Corrí al mostrador.

Expliqué nuestra situación.

La respuesta fue que no me dejarían pasar el filtro.

Ahí confirmé algo que, en realidad, ya sabía: es muy falso eso de las películas donde alguien consigue que detengan el avión mientras corre desesperadamente hacia la pista.

Sí, yo ya sabía que no funcionaba así. Pero la esperanza muere al último.

Hora de deceso de nuestra esperanza: las 17:00.

Perdimos también el vuelo de Ciudad de México a Acapulco.

Plan C: el autobús

Ya habíamos formulado el Plan C: Tomar un autobús desde la terminal del aeropuerto. Seguir conduciendo ya no era opción por el costo.

Compramos boletos en Estrella de Oro. Era el único servicio directo que salía a las 23:30.

Desayunamos, comimos y cenamos. Todo en una sentada.

Porque, cuando llevas unas diez horas resolviendo problemas aeroportuarios, el concepto de horario de comida pierde completamente su significado.

Luego fuimos a la terminal de autobús a esperar.

Mientras tanto, después de comer, hice otra llamada al call center de Aeroméxico para confirmar los vuelos de regreso. También aproveché para quejarme.

Les hice preguntas sobre las identificaciones y descubrí algo particularmente divertido: La información era diferente dependiendo de a quién le preguntaras. Una versión me la había dado el imbécil que no nos dejó subir en Veracruz. Otra, la primera persona que me atendió en el call center. Otra, la persona que me atendió cuando llamé desde Ciudad de México.

Cuando se daban cuenta de que la información no cuadraba, me respondían:

—En la página de Aeroméxico vienen todas las condiciones.

Sí, claro.

El problema es que no son tan específicas como las que nos aplicaron en la práctica.

Además, las condiciones varían según la aerolínea. En Viva, por ejemplo, me dijeron que permiten abordar a un menor bastando con la CURP. Entonces, aparentemente, en algunos casos también hay que apelar al criterio.

Yo quería que por lo menos me reembolsaran el segundo pago por la documentación del equipaje. Pero tampoco.

La tarifa de su vuelo no es reembolsable.

Yo no estaba pidiendo que me devolvieran el vuelo completo. Solo quería recuperar el pago adicional que había hecho por un problema provocado por una indicación incorrecta del call center. Tampoco.

Y entonces descubrimos que el autobús era mejor idea

Salimos puntuales y sin problemas.

En el autobús.

Curiosamente, si quieren secuestrar a un niño, háganlo por autobús: aparentemente ahí no te piden identificaciones.

El autobús era súper cómodo, amplio, de esos en los que te puedes poner en posición totalmente horizontal y hasta dormir en posición fetal aunque midas 1.80 metros.

Y, considerando la distancia, no fue caro.

Viajamos los cuatro por menos de lo que habría costado que una sola persona volara al día siguiente con Volaris (única alternativa conveniente).

Dormimos a pierna suelta. Yo ni siquiera sentí el viaje de seis horas.

Al menos la competencia salió bien

La estancia estuvo bien.

El hotel estaba saturadísimo por la competencia y, además, tenía varias cosas en reparación o mantenimiento.

Pero la disfrutamos.

Y, sobre todo, valió la pena.

Mi hija y su compañera obtuvieron segundo lugar en su categoría y, además, consiguieron pase a una competencia internacional.

Después de todo lo que habíamos hecho para llegar, no podía haber un mejor cierre.

Bueno, sí podía.

Podíamos haber llegado en avión. Pero eso ya era pedir demasiado.

El regreso: porque una tragedia nunca llega sola

Para el regreso me preparé.

Esta vez llevaba impresiones del acta de nacimiento y de la CURP descargadas directamente desde gob.mx.

También conseguí que me respetaran la documentación de la maleta adicional sin costo.

Parecía que todo estaba bajo control.

Pero no pude hacer el check-in en línea.

Llegamos al mostrador casi tres horas antes.

Y entonces la persona que nos atendía comenzó a tardarse.

Mucho.

Su expresión empezó a transformarse lentamente en algo parecido a:

¿Qué madres está pasando aquí?

Bueno, casi.

Le pregunté si había algún problema. Y entonces me contó mi propia historia, según la versión de los registros de Aeroméxico.

La escuché y le dije:

—Sí, esa historia ya me la sé. Yo tuve un papel estelar en ella.

También le expliqué que ya había llamado al call center precisamente para evitar un refrito.

Pidió ayuda a la persona de al lado, que tampoco parecía tener muy claro qué hacer. Las dos siguieron pasmadas frente a la pantalla.

Yo llamé nuevamente al call center, frente a las dos personas que me atendían. Puse el teléfono en altavoz.

Gracias a Dios, esta vez contestaron rápido. Expliqué el caso, esperamos unos 20 minutos y, finalmente, descubrimos el problema: El buey que me había atendido cuando llamé desde Ciudad de México había omitido sincronizar uno de los boletos, el de mi mamá.

Después de otros minutos, finalmente nos entregaron nuestros pases de abordar y pudimos documentar.

Todo lo demás fue miel sobre hojuelas

Todo lo demás salió perfectamente.

Bueno...

¬¬

Y aquí es donde el relato deja de ser solamente una historia sobre vuelos perdidos, documentos que no se descargan, burocracia, call centers y una camioneta con complejo de tortuga.

Porque, a pesar de todo, doy gracias.

Doy gracias de haber llegado con bien.

De haber podido acompañar a mi hija.

De haberle dado ese gusto a mi mamá.

Y, sobre todo, de haber confirmado algo que ya sospechaba: mi novia es la persona indicada. Estuvo al pie del cañón todo el tiempo. Sin quejas. Sin recriminaciones. Resolviendo. Acompañando. Creo que esto fue lo más valioso del viaje.

Las aventuras y las desventuras

Durante todo el viaje me estuve acordando mucho de Frieren.

Creo que uno de los ejes de la serie es precisamente esa idea de que las aventuras sin desventuras son menos memorables.

Quizá lo importante no sea tanto si las cosas salen bien o salen mal, sino cómo compartes la experiencia con la gente que tienes a tu lado. Últimamente ando más espiritual de lo acostumbrado.

Hasta llegué a sentir que haber pospuesto Frieren hasta poco antes de emprender el viaje tuvo alguna razón y que, de alguna manera, terminó coincidiendo con la aventura. Sé que es una autoexplicación poco científica. Pero me gusta pensar que así fue.

A veces, la mejor aventura es la que empieza con un acta de nacimiento que no se descarga, continúa con una camioneta con complejo de mula, pasa por un tráfico que decide destruir tus esperanzas y termina con seis horas de autobús, una competencia internacional y una persona que, en ningún momento, te pregunta:

—¿Y no será que todo esto fue culpa tuya?

Aunque sí fue un poco culpa mía... Y otro tanto de las aerolíneas, la inseguridad que orilla a anular el criterio del personal a cargo del abordaje y de la mercadotecnia, que dirige el diseño de aplicaciones para comprar boletos de manera que las reglas están a diez clics de distancia, ocultas entre anuncios y ofertas para hacer upgrades de tu vuelo.



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